Artículo de opinión de Nerea Uriarte Goitia, presidenta de la Coordinadora de ONGD de Euskadi, en el contexto del debate presupuestario en las instituciones vascas. Publicado el 16 de diciembre en El Diario Vasco y El Correo (en castellano), y el 14 de enero en Berria (en euskera).
Hace 77 años, un 10 de diciembre, 58 países aprobaron una declaración histórica, que pretendía ser universal y proclamaba una serie de derechos que, como seres humanos, teníamos. Desde entonces ha llovido demasiado para un papel que no lo aguanta todo. A diario vemos retrocesos que nos resultarían inimaginables entonces, cuando se reconocieron aquellos derechos que hoy, en muchos casos, sufren violaciones sistemáticas.
Casi ocho décadas después, vemos, ahora entre pantallas, cómo la ola reaccionaria avanza y amenaza con derribar cada puntal de este sistema, frágil pero valioso para la defensa de los Derechos Humanos a nivel global. Leemos en la prensa cómo algunas instituciones, indiferentes ante el sufrimiento, miran hacia otro lado. Así, frente a la declaración de 1948, hay quien pretende defender «otra cosa»; algo por lo que señalar a las más vulnerables, atacar la diferencia o criminalizar la diversidad.
Y qué decir de quien ni entiende, ni respeta, ni le importa eso de que el derecho internacional humanitario pueda paralizar o ralentizar sus planes. Se lo salta prácticamente a diario, incluso aunque sus amigos le hayan dicho que hacerlo de manera tan visible y devastadora puede resultar contraproducente, que se corte un poco.
Nada o casi nada nos asusta ya, pero sí hay cosas que nos enfandan. En Euskadi siempre hemos asumido con orgullo que somos un pueblo comprometido, que se moviliza, que se organiza, que se articula para defender el interés colectivo; como pueblo, como trabajadoras, desde las organizaciones… Y eso se ha visto en el volumen (y liderazgo) de las movilizaciones por Palestina, por las pensiones de nuestros mayores, por el planeta o en la fuerza del movimiento feminista.
Eso nos da cierto aliento y esperanza. La democracia no es perfecta, eso ya lo hemos ido viendo en estas últimas décadas; tiene deficiencias y hay margen de mejora, pero no se ha inventado un sistema mejor.
Para que este engranaje democrático funcione a pleno rendimiento, necesitamos un tejido social fuerte, una sociedad civil articulada que nos demuestre que esa «otra cosa» es solo de unos pocos que hacen demasiado ruido, que la democracia no está en juego, y que con los Derechos Humanos, en Euskadi y en cualquier lugar del planeta, no se negocia.
Y es que los datos están ahí. Los más de 50 conflictos armados activos en la actualidad nos dejan realidades de violencia extrema, junto a crisis multifactoriales, inestabilidad política, expolio de recursos, dependencia económica, enfermedades, hambrunas… Se calcula que cada día mueren 13.800 niñas y niños menores de 5 años a causa de la desnutrición. Y más de 1.200 millones de personas viven en lugares gravemente expuestos a las múltiples dimensiones de la pobreza.
Millones de personas huyen de sus lugares de origen, empujadas por la violencia, el hambre y la pobreza extrema; buscando refugio, generalmente en países vecinos, pero, evidentemente, también en Europa. Y este es, además, un elemento estrechamente relacionado con la polarización política que vivimos, ya que los discursos de odio se ceban especialmente con la población migrante y refugiada, a quien criminalizan extendiendo bulos xenófobos y racistas.
Estos discursos promueven el antifeminismo, el racismo, la xenofobia, la LGTBI+fobia, la aporofobia, el odio ideológico… y son una amenaza para los derechos humanos y la justicia social y medioambiental. Además, marcan el rumbo de una ola global, de un auge de la extrema derecha que se está extendiendo cada vez más: EEUU, Italia, Francia, Austria, Hungría, Bélgica, Argentina, Israel, El Salvador… y, por supuesto, también en el Estado español.
Hoy, más que nunca, es el momento de no mirar hacia otro lado frente al poder populista que trata de absorberlo todo. Es hora de repensar el modelo de democracia que queremos construir. Y también de hacer un ejercicio de honestidad al decidir las prioridades políticas que sirvan de base para ello, ahora que debatimos la hoja de ruta presupuestaria.
Euskadi ha sido, y es, un referente en solidaridad internacional; y las ONGD vascas, como parte de un tejido social activo, apostamos por seguir acompañando en la construcción de ese modelo que ponga a las personas en el centro. Tenemos la fuerza de las miles de personas que se manifiestan frente al horror en Gaza, de la juventud comprometida y organizada en nuestros pueblos y barrios, de quienes organizan cenas solidarias con personas refugiadas o hacen llegar la solidaridad vecinal allí donde no lo hace el sistema vasco de acogida.
Para ello, contamos con el poder transformador de 839 proyectos de cooperación internacional, que llegan a más de tres millones de personas en 63 países del mundo; y con una base social formada por más de 117.000 personas, entre socias, donantes y voluntarias. Sigamos trabajando con esperanza. Hagamos ‘match’ entre sociedad civil e instituciones, para situar los Derechos Humanos y la solidaridad en el centro. Pongamos rostro y corazón al construir nuestra sociedad. Y habremos ganado la batalla de la dignidad.
Nerea Uriarte Goitia, presidenta de la Coordinadora de ONGD de Euskadi






